Inteligencia emocional: una herramienta para vivir mejor
- Maria Josefa Lopez Garachana
- 28 jul
- 3 min de lectura
Con frecuencia pensamos que la inteligencia se refiere únicamente a la capacidad de aprender, memorizar o resolver problemas. Sin embargo, existe otra forma de inteligencia que determina, en gran medida, la calidad de nuestra vida: la inteligencia emocional.
La inteligencia emocional consiste en aplicar nuestra capacidad de pensar al manejo adecuado de las emociones y los sentimientos.
Una emoción es la respuesta natural de nuestro organismo ante un estímulo interno o externo. Esa respuesta involucra cambios físicos, mentales y conductuales que aparecen para ayudarnos a adaptarnos a lo que estamos viviendo.
El problema no son las emociones. El problema aparece cuando ellas toman el control de nuestra conducta y actuamos impulsivamente.
Desarrollar la inteligencia emocional nos permite identificar nuestros estados de ánimo, comprender lo que estamos sintiendo, controlar nuestras respuestas impulsivas, manejar adecuadamente nuestras emociones y, cuando sea necesario, modificar la forma en que respondemos ante determinados estímulos.
Pero sus beneficios no terminan ahí.
Cuando aprendemos a conocernos mejor, también desarrollamos la capacidad de comprender a los demás. Podemos identificar sus estados de ánimo, entender sus emociones y responder de una manera más adecuada al momento que están viviendo.
Esta capacidad favorece la empatía, mejora la comunicación y facilita que podamos crear un clima emocional de confianza, crecimiento y bienestar, tanto en la familia como en la escuela, el trabajo y cualquier grupo humano al que pertenezemos.
La inteligencia emocional tiene una enorme aplicación en el ámbito laboral. Hoy en día, muchas empresas prefieren contratar personas capaces de manejar el estrés, trabajar bajo presión, colaborar en equipo, comunicarse eficazmente y mantener una actitud positiva y realista, antes que personas con numerosos diplomas, pero con dificultades para relacionarse con los demás.
También es una herramienta fundamental para educar a nuestros hijos, nietos y alumnos. La inteligencia emocional empieza a desarrollarse desde la cuna y continúa fortaleciéndose a través de la convivencia familiar, escolar y social. Cada palabra, cada ejemplo y cada respuesta que damos contribuyen a formar la inteligencia emocional de quienes nos rodean.
Cuando no desarrollamos estas habilidades, es frecuente que aparezcan pensamientos como: "No debí contestarle así a mi jefe", "No debería haberle gritado a mi hijo", "Le hablé muy mal a mi esposo", "Siempre estoy deprimido", "Nadie me entiende", "Siempre me equivoco" o "Hace mucho tiempo que estoy enojado con alguien".
La buena noticia es que podemos aprender una forma diferente de responder.
La inteligencia emocional se apoya en varios pilares fundamentales.
El primero es el autoconocimiento, que nos permite descubrir quiénes somos y cómo reaccionamos.
El segundo es el autocontrol, mediante el cual aprendemos a manejar nuestros impulsos antes de actuar.
El tercero comprende la autogestión y la automotivación, que nos ayudan a perseverar ante la frustración, conservar el entusiasmo y mantener una actitud positiva frente a la vida.
Finalmente encontramos las habilidades sociales, entre las que destacan la empatía, la comunicación, el trabajo en equipo y el liderazgo.
Todos estos pilares trabajan de manera integrada. El desarrollo de uno fortalece a los demás.
La inteligencia emocional no pretende que dejemos de sentir. Por el contrario, nos invita a reconocer nuestras emociones, comprenderlas y utilizarlas inteligentemente para tomar mejores decisiones, construir relaciones más sanas y vivir de una manera más plena.
Ese es, finalmente, el objetivo de la inteligencia emocional: crecer como personas, convivir en armonía con quienes nos rodean y ejercer una influencia positiva mediante nuestro propio ejemplo.

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