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Deja que crezcan

Maria Josefa Lopez Garachana
6 oct
3 min de lectura

Cada vez que hago algo por alguien que puede hacerlo por sí mismo, le estoy impidiendo crecer.

La máxima popular dice que crecer duele y cuesta. Es lógico, porque reconocer que fuimos incompetentes para llevar a cabo una determinada tarea nos va a doler. Y si los resultados se cuantifican negativamente, también va a costar en tiempo, dinero y esfuerzo, pero forma parte de la experiencia.

Voy a poner un ejemplo que muchos padres viven cuando sus hijos empiezan a tener actividades de las cuales son responsables, al mismo tiempo que reclaman su independencia.

Vamos a suponer que hablamos de un adolescente que acaba de entrar a la universidad a estudiar la carrera que él escogió, en la institución que él decidió que era la que le gustaba.

Sus padres pagan una inscripción carísima y unas mensualidades muy elevadas.

Pasados seis meses, o un poco más, el chico dice que ya no es la carrera que quiere estudiar y que no sabe qué quiere estudiar.

Ante esta situación, los padres entran en pánico y empiezan a proponerle una oferta de estudios que el chico rechaza.

Las facilidades que se le habían proporcionado para que se desplazara a la universidad, como prestarle el coche de la madre, por ejemplo; darle dinero a manos llenas sin pedirle nada a cambio; permitir que se levante tarde y que no tenga ninguna obligación de participar en ninguna de las funciones de la casa. En fin, que viva como si estuviera de vacaciones, a cuerpo de rey.

Le dicen entonces que tiene que trabajar en algo que le guste y, de preferencia, que tenga que ver con las carreras hacia las que siente inclinación.

Y él no mueve un dedo.

Los padres le consiguen un trabajo con algún amigo, en donde va a estar protegido y es aceptado sin cuestionamiento.

El chico no tiene ninguna obligación económica en la casa, ni siquiera de hacer su recámara o poner la mesa algún día, etcétera.

Y si pide prestado el coche a los padres para ir aquí o allá, se lo prestan y ellos le pagan la gasolina.

A ese chico no le han dado la oportunidad de que se responsabilice de sus decisiones, de que comprenda que toda acción tiene consecuencias, que vive en una familia en la que todos trabajan y cooperan.

Que tiene derecho a equivocarse y a corregir sus errores.

Que él, y sólo él, va a encontrar el trabajo que le gusta y se va a responsabilizar de su desplazamiento hacia la oficina y de los gastos que ello ocasione.

Si los padres le están dando todas las soluciones, es probable que el chico empiece a romper las reglas de la casa en cuanto a horarios o al uso de las pertenencias de las personas que viven en la casa, como pueden ser los autos, la computadora, el televisor, etcétera. Hay un refrán muy antiguo que dice:

«El pan ajeno hace al hijo bueno».


Si existe la posibilidad de que se vaya a trabajar el tiempo que necesite para que decida qué quiere hacer, y si quiere hacer una carrera universitaria fuera de la casa familiar, la experiencia será 100% positiva.

Aprenderá que tiene obligaciones, que no todo se le cae del cielo por su linda cara y que depende de lo que quiere hacer en el futuro.

Que es responsable de su persona, del uso que haga de su tiempo y de sus recursos y que, si quiere ser alguien en la vida, es necesario que se ponga las pilas y que empiece por respetar el tiempo, dinero y esfuerzo de sus padres o de las personas que lo están manteniendo.

En lugar de hacer las cosas que el hijo puede hacer por sí mismo, los padres pueden darle información, darle ejemplos conocidos de personas que estuvieron en un bache y salieron adelante, infundirle confianza en sí mismo, subir su autoestima y darle mucho cariño, sin aflojar la rienda.

Esto se aplica, de alguna forma, dentro de una empresa, en donde podemos adaptar nuestro liderazgo a los pasos anteriores.

Deja de hacer las cosas por los demás y permite que ellos descubran el placer de ser autosuficientes.

 
 
 

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